En estos días en los que ACAELP está dando sus primeros pasos, he querido rescatar un artículo que publiqué hace algún tiempo en el periódico La Provincia y que quiero volver a compartir con ustedes para inaugurar este blog.
Mi abuela siempre decía que "nunca pasa nada hasta
que pasa", y desde hace ya algún tiempo están sucediendo demasiadas cosas
que no deberían suceder. Una de ellas es el acoso escolar, también
llamado bullying.
Estos días la gente, a través de las redes sociales, ha
mostrado su rechazo hacia este tipo de violencia tras conocer la noticia de la
muerte de Diego, el menor de once años que se suicidó porque no pudo soportar
el acoso del que era víctima en su colegio. Diego sería el ejemplo del refrán
de mi abuela. Y es que Diego son todos los niños que sufren en silencio, todos
esos pequeños a los que la infancia les duele.
Uno de cada tres alumnos sufre acoso escolar, y lo hacen
de forma discreta, pasando desapercibidos. Ya sea por miedo a su o sus
agresores o por el sentimiento de culpa que se despierta en ellos. Los críos
terminan creyendo que son raros, malos y merecedores de esa violencia. Se
vuelven introvertidos y solitarios.
La soledad en los niños es la sensación de estar cayendo
al vacío y no hallar una mano amiga que los sostenga. Es mirarse al espejo y no
saber quiénes son: si lo que dicen los demás o lo que ellos ven. Entonces la
imagen se distorsiona y se mezcla con el miedo y la inseguridad. Llegados a este
punto empiezan a fingir enfermedades para no ir a clase. Cualquier estrategia
es válida con tal de permanecer a salvo.
¿De quién es la culpa? ¿De los padres? ¿De los
profesores? Creo que todos somos un poco culpables. Los padres, en ocasiones,
por no ser un ejemplo y delegar la Educación en Valores en el colegio. El
colegio por darles más importancia a los resultados académicos que a la
Educación Emocional. Los profesores porque no sólo deben enseñar las
asignaturas establecidas, sino también deben ser generadores de comportamientos
sociales.
Aunque como docente sé que estoy tirando piedras sobre mi
propio tejado, considero que los maestros deben tomar más en serio a los
alumnos que sufren bullying. En ocasiones creen que la víctima
exagera, que son cosas de niños, que ya se les pasará. Pero lo cierto es que ni
exageran ni termina pasando. Suele ir a más. Una burla lleva a otra, los
insultos siempre vienen de dos en dos y las collejas nunca faltan en el menú.
Hagamos algo. Formemos a nuestros niños en valores como
la empatía, el respeto y la tolerancia. Formemos también a las familias. Que
por cada Centro Escolar haya una Escuela de Padres que les facilite
herramientas y estrategias para la educación de sus hijos. Hagámoslo pronto,
porque la infancia no debe ni puede doler.
Hagámoslo para no volver a recordar esta realidad cuando
llegue a nosotros la noticia de que otro menor, al igual que Diego, prefiere
poner fin a su vida antes de tener que seguir asistiendo al colegio, un lugar
en el que deberían sentirse como en su casa. Protegidos, cuidados, educados.
No más Diegos en las aulas.
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